Geopolítica del Real Estate y la gran ruptura internacional: Trump presenta la 'Junta de Paz,' Kushner 'Nueva Gaza' y Carney el fin del Orden Liberal Internacional
Reporte de Geopolítica | Número #3.2026 | La necesidad de una autonomía estratégica de seguridad europea
La última edición del Foro Económico Mundial en Davos ha dejado muchas intervenciones memorables, pero ninguna supera la de Trump. En su discurso atacó a gran parte de los países aliados de la OTAN, no dejó de confundir Groenlandia con Islandia y presento su exclusiva Junta de Paz, una pseudo-ONU en la que España ya no podrá participar.
La Junta de Paz, una organización a la medida de Trump
Davos fue el escenario de la firma de la Carta de Fundación de la Junta de Paz. Inicialmente concebida por Trump como un foro de líderes mundiales para supervisar el alto el fuego en Gaza, el organismo se ha expandido hasta abarcar decenas de países, entre los que no se encuentra España. Trump ha sugerido que la Junta de Paz podría convertirse en un vehículo para mediar en conflictos mucho más allá de Oriente Medio e, incluso, que “podría reemplazar a la ONU”, apartándose de “enfoques e instituciones que han fracasado demasiado a menudo.” Líderes internacionales y diplomáticos han expresado su preocupación de que este organismo pueda socavar el papel de Naciones Unidas.
La estructura la Junta de Paz es multinivel: como base fundacional, Trump ocupará la presidencia sin límite de mandato como miembro vitalicio. La Junta estará a su vez compuesta por los líderes de los países invitados que acepten la invitación con las condiciones planteadas en el borrador de la carta, que comento más abajo. Además, habrá dos órganos ejecutivos, uno será la Junta Directiva, compuesta por ocho miembros, y otro la Junta Ejecutiva de Gaza.
En cuanto a la Junta Directiva, sus ocho miembros son de sobra conocidos: Steve Witkoff (enviado especial de EEUU para Oriente Medio), Jared Kushner (yerno de Trump), Marco Rubio (Secretario de Estado de EEUU), Nickolay Mladenov (Alto Representante para Gaza), Marc Rowan (Director ejecutivo de Apollo Global Management), Ajay Banga (Presidente del Banco Mundial) y Robert Gabriel Jr. (asesor de políticas de Trump). Pero falta un nombre clave: el ex-primer ministro de Reino Unido, Tony Blair.
¿Por qué el laborista británico? Este no cuenta con el favor de muchos en la región (en Iraq, desde luego que no) pero su experiencia como enviado especial a Oriente Medio, sus amplias conexiones empresariales y sus relaciones políticas con el Gobierno de Keir Starmer pueden haber animado a Trump a escogerle como uno de los miembros fundadores. En cualquier caso, la polémica está servida y se anticipa que esto pueda resultar problemático para Westminster.
Una membresía exclusiva
Para los que no son miembros fundadores, el documento de la Junta establece una serie de condiciones con tintes recaudatorios y de centralización del poder sobre la figura de Trump. Cada Estado miembro tendrá un mandato de tres años desde la entrada en vigor, sujeto a renovación por el presidente, es decir, Trump. Sin embargo, hay una forma de eludir este límite.
Para permanecer en la Junta de Paz, los estados deberán aportar 1.000 millones de dólares (unos 864 millones de euros) en efectivo durante el primer año desde el comienzo del pacto. Es decir, ser miembro permanente tiene un precio: mil millones de dólares en cash.
Este es el listado inicial de países que habrían aceptado la invitación de Trump:
Albania
Arabia Saudí
Argentina
Armenia
Azerbaiyán
Bahréin
Bielorrusia
Bulgaria
Camboya
Egipto
El Salvador
Emiratos Árabes Unidos
Hungría
Indonesia
Jordania
Kazajistán
Kosovo
Kuwait
Marruecos
Mongolia
Pakistán
Paraguay
Qatar
República de Uzbekistán
Turquía
Vietnam
En el caso de Israel, Netanyahu criticó inicialmente la composición del comité ejecutivo para Gaza, que incluía a Turquía, lo que calificó como “contrario a su política,” pero posteriormente ha confirmado que participará.

La geopolítica del Real Estate
Uno de los puntos clave de la Junta de Paz es que la Junta Ejecutiva de Gaza dirigirá también el Comité Nacional para la Administración de Gaza, cuyo marco de acción está guiado por el plan de los 20 puntos de Trump para la paz en Gaza. Este plan se encuentra en marcha y, hace dos semanas, Steve Witkoff anunciaba que la fase dos del alto al fuego de Gaza se ponía en marcha con la transición hacia la desmilitarización y fase de reconstrucción de la franja. Esto se corresponde con el punto 13 del plan:
Hamás y otras facciones acuerdan no tener ningún papel en el gobierno de Gaza, directa, indirectamente o de ninguna otra forma. Toda la infraestructura militar, terrorista y ofensiva, también los túneles y las instalaciones para fabricar armas, será destruida y no se reconstruirá.
Habrá un proceso de desmilitarización de Gaza bajo supervisión de observadores independientes y que incluirá dejar las armas sin posibilidad de uso de forma permanente y un proceso pactado de desmantelamiento, apoyado por un programa de recompra y reintegración financiado internacionalmente. La nueva Gaza estará plenamente comprometida con la construcción de una economía próspera y con una coexistencia pacífica con sus vecinos.
Para quienes no estamos metidos en el negocio del Real Estate es difícil visualizar cómo van a conseguir implementar el plan para la Riviera de Oriente Próximo cuando apenas se han cumplido los puntos de la primera fase del alto al fuego. El único punto cumplido por completo es la liberación de rehenes, pero los ataques continúan y la ayuda humanitaria no llega al ritmo que se necesita. en cuanto al paso de Rafah, sigue cerrado pero Israel se ha comprometido a abrirlo esta semana, con limitación de entradas, pero sin control de salidas.
Esto es precisamente lo que ha desvelado Jared Kushner, yerno del presidente de EEUU, en el Foro de Davos. El futuro de Gaza, el gran plan inmobiliario de la familia Trump, busca crear Nuevo Rafah como un ciudad con más de 100 mil hogares, 200 centros de educación, 180 centros religiosos y 75 centros médicos. Mientras que presentan Nueva Gaza como un hub del turismo e industria al estilo de otras grandes ciudades avanzadas de la región.
Según la presentación de Kushner, se realizará una inversión de alrededor de 30.000 millones de dólares para reconstruir la franja, lo que comenzará por las fases 1A, 1B y 1C, en partes de Rafah y Jan Yunis, y que en su fase final concluirá en la ciudad de Gaza.
Todo esto ocurrirá bajo la supervisión del Comité Nacional para la Administración de Gaza que, a su vez, recibirá el apoyo (y las directrices) de la Junta de Paz. Kushner ha anunciado también que ya han comenzado con la retirada de escombros y con las demoliciones, en un intento de enviar la señal de que su plan maestro, como lo llaman, avanza.
El compromiso con la OTAN
Durante su discurso en Davos, Trump atacó de nuevo a los aliados de la OTAN dudando de la reciprocidad en caso de que Estados Unidos fuera atacado. Además de decir que los países que no inviertan el 5% del PIB en Defensa (“Quieren aprovecharse”), también dijo:
El problema con la OTAN es que estamos allí para ellos al 100%, pero no estoy seguro de que ellos estén para nosotros si los llamamos.
Este es posiblemente uno de los comentarios que más ampollas ha levantado entre los países aliados. Merece la pena recordar que España estuvo con la OTAN en Afganistán la primera vez en la historia de la organización que un país aliado invocó el Artículo 5 del Tratado. Primero, a través de la operación Libertad Duradera (Enduring Freedom), después, con la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF, International Security Assistance Force) y, por último, con la operación Apoyo Decisivo (Resolute Support). En los 19 años en los que España envió fuerzas al país afgano murieron 102 soldados españoles, por accidentes (62 fallecieron en el accidente del Yak-42) o terrorismo, incluyendo a Idoia Rodríguez Buján, primera mujer militar fallecida en una operación internacional, el 21 de febrero de 2007. En su momento, España y muchos otros pusieron a sus soldados en riesgo en una guerra en favor de otro aliado y en cumplimiento de sus obligaciones con la OTAN. Muchos pagaron las consecuencias de aquello por lo que las palabras de Trump han merecido el rechazo general, dentro y fuera de EEUU.
Pero es posible que esos comentarios hayan despertado algo importante en los aliados más silenciosos. Me refiero al Primer Ministro de Reino Unido, Keir Starmer, quien parecía haber abogado por una estrategia de appeasement (apaciguamiento) ante los insultos de Trump. Tras una serie de críticas internas por una primera respuesta demasiado suave, la siguiente la hizo con un tono más duro.
Hoy mismo, Starmer ha publicado una foto de su acercamiento estratégico a China, lo que señala que las alianzas de Reino Unido se amplían más allá de EEUU:
Por otro lado, España ha mantenido un perfil relativamente bajo en su respuesta, quizás por no ahondar más aún en la crisis de relaciones con EEUU. Además de las voces que aseguran que somos un socio fiable, Margarita Robles, Ministra de Defensa, ha criticado que se ponga en duda el compromiso de España con la OTAN y ha recordado nuestro papel en Afganistán, mantenido durante 19 años.

Mark Carney se planta
La guinda y el contrapunto al discurso de Trump lo puso el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney. El ex-gobernador del Banco de Inglaterra no tiene un perfil político al uso pero quizás por eso mismo ha sido el único capaz de dar un discurso a la altura de las circunstancias. Nuevos tiempos, nuevos perfiles de liderazgo.
Lo suyo ha sido una lección de clase política y de honestidad en un ambiente bastante dado al adulamiento y a la etiqueta. Estas son sus palabras más destacadas:
Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa: que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera, que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima.
Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para la resolución de disputas.
Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad.
Este pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.
[…]
Sabemos que el viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia, pero creemos que, de la fractura, podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, los países que más tienen que perder en un mundo de fortalezas [militares] y más que ganar con una cooperación genuina.
Siendo honestos: los países de la Unión Europea están en peligro de aceptar la coerción como forma de relación entre aliados. El problema es que esto no genera compromisos estables, duraderos o de confianza mutua. La ruptura, como lo anunció Carney, está aquí. Cada día se evidencia más que se acabó la era de las grandes alianzas del orden liberal internacional. Como ejemplo, Estados Unidos, completó la semana pasada su salida de la Organización Mundial de la Salud, que fue clave durante la pandemia de COVID-19.
Esto no es una crónica de una muerte anunciada. Que nos acercábamos a su fin lo sabíamos desde hacía años. Especialistas e investigadores reputados en Relaciones Internacionales ya lo dijeron, con John J. Mearsheimer a la cabeza de todos ellos (recomiendo leer Bound to Fail: The Rise and Fall of the Liberal International Order o su libro The Great Delusion: Liberal Dreams and International Realities).
Mark Carney criticó duramente la política aislacionista de EEUU y no sin motivos. Ahora bien, los líderes mundiales puede optar por una estrategia de apaciguamiento, al estilo Chamberlain, o pueden unir fuerzas y negarse a ser chantajeados. No creo que una estrategia de apaciguamiento funcione porque las peticiones de Trump no están cerradas. Si se le concede lo que pide hoy, mañana es probable que exija más aún. Pero unir fuerzas conlleva otros riesgos. En un mundo en el que la confianza mutua está resquebrajándose, ¿serán capaces de ponerse de acuerdo todos los países de la Unión Europea, más Reino Unido, con Canadá o Japón?
Golpe de realidad: dependemos de EEUU
Entre otros factores, hay que tener en cuenta la dependencia tecnológica de EEUU de muchos países criticados por Trump. Sirva como ejemplo la dependencia del F-35 Lightning II de Lockheed Martin, uno de los cazas más avanzados del mundo.
¿Qué sucedería si EEUU y Dinamarca entrasen en guerra por Groenlandia? Lo primero es señalar la incongruencia de que un país de la OTAN ataque a otro país de la OTAN. Pero esto abriría la puerta a una amenaza muy tangible para la tecnología de otros países, además de Dinamarca.
Hay que tener en cuenta que Dinamarca apostó fuerte por el F-35, un modelo de caza multirol de quinta generación y que, de hecho, aspira a tener una flota de 43 cazas F-35, con lo que terminaría así de reemplazar sus F-16.
Existe el mito no confirmado del famoso kill switch con el que EEUU podría desactivar componentes críticos del software de los F-35. La leyenda dice que esto lo conseguiría con un botón de control remoto. En este escenario (muy de película) EEUU podría desarmar por completo las fuerzas aéreas de Dinamarca sin siquiera tener que combatirlas. Si Dinamarca tuviera 43 F-35 y EEUU 1, con estos privilegios especiales, EEUU gana sin tener que desplegar un solo avión. Pero creo que elucubraciones como esta no llevan a ningún análisis frutífero. La realidad no necesita leyendas.
Lo que sí es cierto es que EEUU tiene, salvo acuerdos que permitan más autonomía (caso de Israel), el control sobre las actualizaciones y el mantenimiento del sistema ALIS/ODIN (Autonomic Logistics Information System / Operational Data Integrated Network) del que dependen estos cazas para su correcto funcionamiento. Una actualización crítica malintencionada y entonces puede caer el sistema que controla el avión. Pero hay otras formas de tumbar las capacidades de estos aviones, por ejemplo, impidiendo su acceso a datos tácticos críticos. Para dañar el funcionamiento de los F-35, sería posible cortar la conexión con el sistema de comunicaciones Link-16 que aporta los datos tácticos que requiere para su funcionamiento.
La dependencia tecnológica con EEUU le da la capacidad al país de explotar potenciales vulnerabilidades como la del software de los F-35, dificultando o imposibilitando así la operatividad de los países que exportan su material de guerra.
En definitiva, la cuestión aquí es que la reconfiguración geopolítica actual (o ruptura, como dice Carney) requiere un nuevo compromiso, pero con nosotros mismos. En un momento en el que podemos hablar de la potencial desaparición de la OTAN o del sorpresivo acercamiento económico de algunos países a China, necesitamos ser el contrapeso a nuestras propias debilidades geoestratégicas. Si esto se traduce en dejar de depender del poderío americano, el camino será largo y arduo, y seguramente no tengamos tiempo suficiente para prepararnos ante una guerra futura.
Obviando intereses y movimientos contrarios a las alianzas de EEUU con sus aliados tradicionales, Trump tiene razón cuestionando nuestras prioridades. En Europa tenemos que ser capaces de cuidarnos a nosotros mismos, porque hoy no podemos. Quizás gracias a los exabruptos de Trump podemos decir que Europa está despertando a la nueva realidad internacional. Aunque podemos desear que nuestras alianzas sobrevivan al terremoto geopolítico, en lugar de diluirse, cada vez más líderes europeos entienden su obligación de equipar a cada una de sus Fuerzas Armadas con los materiales, conocimientos y autosuficiencia estratégica necesaria para salvaguardar la defensa nacional como merece. Quizás entonces, todos juntos y a través de la Unión Europea logremos superar los miedos a lo que pasa ahí fuera, en este mundo anárquico que habitamos, para poder mantener un espacio de orden y seguridad.












La geopolítica del real estate adquiere relevancia estratégica renovada a medida que los flujos de capital transfronterizos, las tensiones comerciales y los cambios en las cadenas de suministro se entrelazan con la demanda de entornos jurídicos predecibles y activos resilientes, exponiendo tensiones estructurales entre la volatilidad global y la creación de valor localizada.
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